Esto no queda así, lo vamos a repetir… Así había terminado el relato precedente…luego vino la ducha, que como imaginaron, fue de a tres, y lo que sucedió el resto del día habría superado la más lujuriosa fantasía. Tuvimos sexo, el trío con madre e hija fue un acto antológico, imágenes imposibles de olvidar, situaciones que nos excedieron, recuerdo increíble, aún me produce una erección que dificulta el relato.

Con ese párrafo había concluido el relato de la saga de relatos de “mis sobrinas…” que, les recuerdo durante un fin de semana había tenido relaciones con las sobrinas, Selva y Marta, y me las traje para vivieran en mi casa, obviamente las relaciones sexuales fue algo frecuente.

Como si fuera poca la gracia divina, su madre Marina se vino para traerme un regalo de agradecimiento: ella fue el obsequio. Pero ni en mis momentos de lujurioso y afiebrado cerebro calentón hubiera estado ni aproximado a la realidad que me tendría como actor protagónico, acciones y sensaciones inéditas dignas del más osado guionista de un filme porno.

La casualidad de que mi esposa tuviera un imprevisto viaje dio lugar a que la madre de mis sobrinas, mi cuñada, se me entregara como exquisito regalo de la fortuna, tampoco me extrañó demasiado cuando Marta, dieciocho primaveras recién estrenadas, nos encontró en plena faena de sexo, lejos de sorprenderse se agregó a disfrutar los placeres.

Volviendo al inicio, la ducha sirvió para suavizar el cansancio de una fragorosa relación. Marina, la madre de Marta, vestía tan solo con una camisa mía y Marta baby doll casi transparente.

Me sentía un Maharajá en su trono, mis dos mujeres semi desnudas prodigándome atenciones a cuerpo de rey, bocadillos y licor, dejándome ver sus maravillosas carnes, preludio del juego amoroso. Me parecía que el ambiente ameritaba ponerle algo de incentivo, coloqué un video donde la acción se iniciaba con dos muchachas mostrando las delicias del juego lésbico para deleite de su hombre que se excitaba observando.

Es probable que esta visión y el efecto del licor fuera el disparador de los hechos, pero no deja de ser menos probable que el deseo larvado de una relación lésbica estuviera latente para tener tamaña expresión y desenfreno. La nueva ronda de licor entonó el deseo de las mujeres, la hija con las hormonas trabajando a destajo, la madre activado sus feromonas, despertando del letargo marital, estaban desatadas, liberadas, desinhibidas, el deseo se había adueñado de su voluntad.

En ese momento eran solo dos mujeres en estado de excitación increíble, las imágenes se les habían metido en el cuerpo, era algo que no podía entender, sentado en medio de dos hogueras a punto de ser derretido en la fragua de sus pasiones. Mientras la imágenes nos llenaban los ojos, la calentura nos llenaba de deseos, las tenia tomadas del tal forma, que las tres bocas estaban en contacto, pasar de una boca a la otra sin dificultad, en un momento las tres bocas convergieron en un solo beso y las lenguas en contacto, seguramente este fue el inicio de todo: el disparo del ¡largada! en la carrera del placer.

Comenzaron a actuar para mi, el juego fue la excusa, el deseo la razón, los besos entre ellas era algo digno de elogio, el fragor e intensidad del contacto bucal asistido por el trabajo de las manos en sus respectivos sexos las estaba llevando al desenfrenado orgasmo, verla agitarse por la emoción y sin soltarse era algo que me producía una erección superlativa.

No paraban de bufar y gemir, solo se soltaron cuando intervine, las separé y la hice hincar delante de mí, ocupé la boca de Marta con mi pija y la madre fue a saciar sus labios en los pechos ansiosos de la hija. Todo salido del eje, tres pasiones girando en descontrol y mi calentura que no tenía límites, ahora era yo quien no podía controlarse. Las dos mujeres arrodilladas para adorar a la verga, que no dejaban de agitar.

Cuatro manos sacudiendo y dos bocas mamando el desiderátum de cualquier hombre, pues eso era lo que estaban haciendo, reverenciando al macho que las hacía feliz, mamaban con ansias y calentura, la joven siempre era la incitación, y la madre desenfreno, una agitaba para que la otra tragara la carne. El “trofeo” cambiaba de boca a boca, se alternaban en gozar y hacerme gozar. Pero… ¿cómo poder prolongar un juego de tanta intensidad? Tomé la cabeza de Marta con mis manos y la estreché contra mí, comenzando a sacudirme en su boca, era la mejor cogida que había sentido en una boca.

- ¡Vamos, vamos, no pares, sigue… sigue… sigue… más! –era lo máximo que podía articular, con la voz quebrada por la agitada exigencia física y emocional. – ¡Sí, sí, dale, vamos, chúpalo todo! – Alentaba la madre, mientras se pegaba a mi y me besaba en la zona de los testículos.

Era la imagen vívida de la lujuria, en un instante de lucidez pude observarlas, eran dos sacerdotisas del falo, mamando y delirando en torno mío, pero al instante me perdí en un derroche de goce increíble y el semen se derramó para goce de Marta, que recibía con la alegría reflejada, sus ojos se abrieron grandes, como platos, decía con su expresión lo que su boca no podía, parte de la gloriosa corrida se le escurrió por sus labios cuando me retiré de su boca.

Haciendo gala de lo buena que era con su madre se acercó a ella, cuidando que pudiera observarlas, y se besaron, pasándole y compartiendo mi leche, asomando sus lenguas para recoger la miel masculina, mostrando el espeso néctar como pasaba de una a otra, para relamerse con deleite y gracia un “bonus track” al maravillo polvo que me habían conseguido.

Fui por un trago para recuperar el resuello, al regreso las encontré enredadas nuevamente en juego lésbico sin par, dos hambrientas mujeres, descubriendo el placer en otra mujer, sentirlas chuparse y lamer sus zonas erógenas era un regalo visual incomparable, deleitado por el espectáculo que se había iniciado conmigo y ahora era un actor desocupado, privilegio como pocos, el placer brotaba de sus cuerpos y se instalaba en mis retinas que se esforzaban por retener las más atrevidas escenas de lujuria.

Los gemidos eran música, las vibraciones de los cuerpos agitados en consumar este acto sexual armonía, desnudas y enredadas en un 69 maravilloso me ponía excitado e inquieto. Por dos veces intenté participar sin éxito, estaban en su mundo, descubriéndose en una sexualidad que ni ellas mismas conocían. Marta era más avezada y experta, llevaba las riendas del carro desbocado de la lujuria desatada. La madre bramaba sin poder controlar sus orgasmos, se derretía en la boca de la joven, suplía experiencia con pasión, técnica con deseo.

- ¡Ah, ah, Lau… meee… estt..ás maaa..taaa..ndo!

Marina disfrutaba a destajo, recuperando un tiempo malgastado en rutina y conformismo, ahora era su tiempo, su revancha, el todo o nada, romper amarras con la mujer casada y sacar la perra que habita dentro de toda mujer calentona y que un marido poco imaginativo dejaba encerrada en ese cuerpo todo lujuria.

- ¡No Pedro!, ¡ahora es nuestro tiempo! –responde Marina haciéndome a un lado ante el amague de apoyar la punta del miembro en la vagina de su hija. Retoma a chuparle la conchita. Voy por detrás de ella, intentando meterme en su vagina con similar resultado. – ¡Por favor!, sé buenito, déjanos gozar a nosotras. – dúo de pasiones para la súplica.

Cansadas, y felizmente agotadas con este primer round de sexo, se quedaron sobre la alfombra en reparador relax. Era evidente que todo este derroche de energía sexual no sería el único, aún había más… A la hora del sueño, las tomé de la mano dispuesto a pasar una noche en medio de las dos, pero… tan pronto traspusieron el vano de la puerta, con la mejor sonrisa me dejaron del lado de afuera diciendo: – ¡No Pedro!, ¡esta es nuestra noche, solo para nosotras!, mañana es otro día… ¡bye!…

De nada servía reclamar y pedir, estaban ejerciendo su derecho al placer. Me fui a la habitación de Marta para dormir mi soledad, tarea nada fácil después de tanta excitación, con dos hembras de tamaño calibre pasional haciéndose el amor de otro lado de la pared era de suponer que tendría la música de su juego sexual golpeando en mi deseo.

No fue fácil, había dejado la puerta abierta por si decidían cambiar de actitud, los gemidos y ruidos afirmaban que la noche iba a ser movida, que lo estaban disfrutando de maravilla, la peregrina idea de un llamado se diluía en cada gemido de placer. Allá lejos, en la madrugada pude por fin conciliar el sueño y dormirme, las fantasías más eróticas estuvieron rondando en mis momentos de descanso.

Desperté con la verga dolorosamente enhiesta, erección pocas veces comparable, la excitación durante el sueño, sumada a la experiencia de una mamada a dúo y verlas hacerse el amor no podía menos que producir este efecto.

Con las primeras luces de la mañana ingresé al cuarto de mis mujeres, desde la puerta podía verlas con todos los signos de una dichosa noche de sexo, las feromonas esparcidas aún perfumaban el ambiente y lo hacían altamente erótico. Ver a la madre dormir, plácida y relajada, me había puesto el deseo a tope, retiré la sábana, ver ese cuerpo solo cubierto con la biquini, era todo un manjar, una oferta pasional sin límite, el deseo de hacerla mía ya mismo se me hacía incontenible.

Fuera de la contención del bóxer, el miembro se levantó como impulsado como un resorte, me observé y compadecí al miembro que ya me estaba inquietando por el leve malestar de una erección tan intensa, era necesario poner fin a la molestia, me acerqué al cuerpo de Marina, acariciando su espalda con la suavidad de una pluma, remolonea entre sueños, cuando las caricias trocan en masajes, abrió los ojos y quiso hablar, se la tape con la otra mano, sonrió, y aceptó de buen grado. El primer beso matinal recibió la alegría de ver mis genitales dispuestos para entrar en acción, mi mano busca en su pubis, reptando por desde la cintura, ingreso al recinto aún húmedo por el trabajo sexual y la continuidad de la excitación durante el sueño.

Esa caliente humedad me catapultó a dejarla de bruces, colocarme para dársela desde atrás. Dócil se dejó manejar y conducir por los senderos de la dominación masculina, hice a un lado la tela de la biquini. La relación con la prenda colocada tenía el valor agregado de crear una situación mas transgresora, la cogida comenzó suave y rítmica, para no despertar a Marta, pero a medida que la calentura iba “increscendo” dejaba de a importarnos, más aún, el hecho de hacerlo de este modo y junto a la joven, como espectadora de la relación con su madre le suma morbo. Era evidente que fingía dormida, sobre todo cuando el tremendo polvo matinal le estalló a Marina en sus entrañas, casi al unísono me vacié dentro de ella con toda potencia y ampulosidad de la abstinencia forzada.

Ahogaba los gemidos, los estertores de mujer sometida en la posición de perrita se sucedían, dominaban su cuerpo y anestesiaban su mente, no podía dejar de sacudirse con la verga ensartada en su vagina, el deseo se le escapaba incontenible por los poros. Las últimas emisiones de semen se las fui relatando al oído, gustaba que su macho le fuera relatando el desarrollo del encuentro, disfrutaba ser amada y gozada hasta el último latido del miembro de su macho.

Giró la cabeza y me contó en pocas palabras lo feliz que era sintiéndome en ella, que me quedara hasta el último aliento, haciéndole vivir momentos maravillosos, esos latidos le habían producido un nuevo orgasmo que disfrutaba. Los músculos vaginales transmitían en el lenguaje Morse de la carne, el resultado del orgasmo que la transitaba.

Desmonté le la maravillosa cabalgadura y ocupé el medio del lecho, era el reposo del guerrero, desnudo con el miembro aún erecto y mirando el techo Marina volviendo a respirar con más normalidad y una sonrisa dibujada en el rostro, de esas que solo consiguen los pintores del renacimiento. Marta cruzó por encima de mí y fue a ver como había quedado su progenitora después de este fragoroso encuentro. Las plantas de los pies apoyados en la cama, las rodillas abiertas, estaba disfrutando del éxtasis, cuando Marta se instaló en medio de ellas, primero observó pintados en la tela de la bombachita las señales de tan efusivo polvo, inspeccionó el lugar de los hechos, la abundante lechada comenzaba a escurrirse del recinto, con los ojos llenos de lujuria dijo:

- ¡La puta madre!, ¡Qué polvazo te largó Pedro! Mami, la noche sin coger lo puso bárbaro… – Sí, ¿y cuánta no? , no paraba más de largarme leche, pero que rica se sentía. No te imaginas qué bonito fue, qué bien que lo sentía, cómo latía esta pija, -y me regala una caricia. –Nena, qué bien coge este guacho, es maravilloso, ¿te imaginas si tu padre me regalara un polvo como este, aunque fuera una vez al año? Esto es lo que necesita una hembra como nosotras, ¿no? – se sonríen reforzando el lazo de complicidades. – Ni, que lo digas, me mordía por dentro, pero no quise interrumpir, era tan lindo sentirte gozar así. – Ahora quiero probar yo, también. ¡Déjame, ábrete más!…

Marta se mete entre las piernas de mami, le arranca la bombachita y le da a la conchita de Marina un beso, boca a boca, recupera el semen que se va escurriendo, busca más con en el interior. Liba el preciado licor seminal, y se lo convida a su madre, beso profundo, intercambian fluidos. Ahora es ella la que me pasa el testimonio del acto, un fogoso beso me transfiere el contenido, que vuelvo a su origen para que sea Marta la destinataria final, la que se lo trague, antes abre la boca, muestra por última vez mi semen enriquecido por las salivas del grupo y lo degusta, traga con exagerada muestra de placer, se acaricia la garganta como acompañando desde el exterior el tracto de la ingesta.

Las mujeres se quedan relamiéndose y sonriéndose, disfrutan viendo como aún no podía dar crédito a la sorprendente iniciativa de la joven de proponer de forma espontánea compartir mi semen, situación ésta que volvería a repetirse en el transcurso del día.

Como podrán apreciar, y me reitero, no es fácil resumir tantas emociones vividas, tanto y bueno de placer, fue algo que nos superó, que excedía en mucho mis deseos calenturientos y fantasiosos, esta visto que la realidad superaba cualquier ficción, los deseos desatados habían saltado la barrera de lo previsible, ahora el único límite eran nuestras fuerzas para gozar del sexo.


Pero… no se crean que este es el final, aun queda una última parte de las acciones de ese inolvidable día, que se iniciará luego de un restaurador desayuno, con los tres desnudos de ropa y de fantasías, todo estaba por hacer, ahora era el momento justo, la ocasión pintaba para el desenfreno y el goce total, la genial pastillita azul fue una ayuda inestimable, este momento ameritaba un “ayudín” y contribuyó a llenarnos a los tres de esos placeres que se quedaron por siempre en nuestro sentimiento, por eso quise dejar este testimonio como promesa de volver a repetir estos momentos con mis dos mujeres.

Apreciaré los comentarios que hubiera despertado esta historia, verídica hasta en sus mínimos detalles, siempre es enriquecedor el comentario de alguien que gusta del sexo sin hipocresía ni condicionantes de falsa moralidad.